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El árbol de la ciencia: novela

by Pío Baroja

es · ~265 min at 250 WPM

Serían las diez de la mañana cuando Andrés Hurtado, un joven sin demasiadas ilusiones, llega al primer día del curso preparatorio de Medicina en el Madrid de finales del siglo XIX. La novela sigue su trayectoria desde los caóticos años de facultad —entre profesores ridículos y compañeros como Aracil o Montaner— hasta su ejercicio como médico en el campo y en la ciudad. Lector apasionado de Schopenhauer y discípulo de su tío Iturrioz, Andrés busca una verdad que la vida le niega una y otra vez, hasta llegar a un desenlace marcado por el desencanto.

Considerada la obra más representativa de Baroja, la novela retrata con crudeza la decadencia de la España de la Restauración y el dolor de existir. A través de la inteligencia inquieta y pesimista de su protagonista, indaga en el conflicto entre la ciencia y la vida, la lucha por una ética en un mundo absurdo y la imposibilidad de la felicidad. Sigue siendo una de las cumbres de la Generación del 98.

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How it begins

Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriera la clase. De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando muchachos jóvenes que, al encontrarse reunidos, se saludaban, reían y hablaban. Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura, no eran arquitectos del porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos. La clase de Química general del año preparatorio de Medicina y Farmacia se daba en esta época en una antigua capilla del Instituto de San Isidro convertida en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura. La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el aula se explicaba fácilmente por ser aquél, primer día de curso y del comienzo de la carrera. Ese paso del bachillerato al estudio de facultad siempre da al estudiante ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre, que su vida ha de cambiar. Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían que pasar. Los chicos se agrupaban delante de aquella puerta como el público a la entrada de un teatro.

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