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El crimen y el castigo

by Fyodor Dostoyevsky

es · ~725 min at 250 WPM

Una tarde sofocante de julio, Rodión Raskólnikov, un antiguo estudiante hundido en la miseria, sale de su cuartucho de San Petersburgo rumbiando un plan atroz: asesinar a una vieja prestamista para robarla. Tras cometer el doble crimen —pues también mata a su inocente hermana—, no obtiene la libertad ni la grandeza que imaginaba, sino el tormento de una conciencia que lo consume. Acosado por la culpa, la fiebre y la astucia del juez Porfirio, encuentra en Sonia, una joven obligada a prostituirse, la voz que lo empuja hacia la confesión y la redención.

La novela es una penetrante exploración del alma humana: la pobreza que degrada, la soberbia intelectual que justifica el mal y la teoría del hombre «extraordinario» que se cree por encima de la moral. Dostoyevski indaga en el sufrimiento, la culpa y la posibilidad del perdón, mostrando que ningún razonamiento libera al ser humano del peso de su propia conciencia. Obra cumbre de la literatura universal, sigue interpelando al lector sobre el bien, el mal y la salvación.

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How it begins

Una tarde muy calurosa de principios de julio, salió del cuartito que ocupaba, junto al techo de una gran casa de cinco pisos, un joven, que, lentamente y con aire irresoluto, se dirigió hacia el puente de K***. Tuvo suerte, al bajar la escalera, de no encontrarse a su patrona que habitaba en el piso cuarto, y cuya cocina, que tenía la puerta constantemente sin cerrar, daba a la escalera. Cuando salía el joven, había de pasar forzosamente bajo el fuego del enemigo, y cada vez que esto ocurría experimentaba aquél una molesta sensación de temor que, humillándole, le hacía fruncir el entrecejo. Tenía una deuda no pequeña con su patrona y le daba vergüenza el encontrarla. No quiere esto decir que la desgracia le intimidase o abatiese; nada de eso; pero la verdad era que, desde hacía algún tiempo, se hallaba en cierto estado de irritación nerviosa, rayano con la hipocondría. A fuerza de aislarse y de encerrarse en sí mismo, acabó por huir, no solamente de su patrona, sino de toda relación con sus semejantes. La pobreza le aniquilaba y, sin embargo, dejó de ser sensible a sus efectos. Había renunciado completamente a sus ocupaciones cotidianas y, en el fondo, se burlaba de su patrona y de las medidas que ésta pudiera tomar en contra suya.

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