Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I
Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I, de Juan Ortega Rubio, abre la ambiciosa empresa de narrar la historia del Nuevo Mundo desde los orígenes hasta los albores del siglo XX. En este primer tomo, el autor escribe ya consumada la independencia de las antiguas colonias y, anciano y enfermo, emprende el relato de los pueblos americanos, sus territorios y los acontecimientos que precedieron y rodearon al descubrimiento, la conquista y la colonización española. Lo hace desde el alto tribunal de la historia, prometiendo imparcialidad y condenando por igual leyendas piadosas y vanaglorias patrióticas.
La obra reflexiona sobre la ley histórica según la cual las colonias maduras se separan de su metrópoli, y sobre las causas que prolongaron y luego quebraron el dominio español. Más allá de la crónica, late un mensaje fraternal: España y la América ibérica, unidas por raza, lengua y apellidos, deben olvidar agravios de vencedores y vencidos para vivir en comunión, cultura y progreso. Importa por su honestidad crítica y su temprana visión hispanoamericanista.
How it begins
Cuando no conservamos un palmo de terreno en América, cuando los hermosos restos de nuestro inmenso poder colonial han adquirido recientemente su independencia, tomamos la pluma para escribir la historia de aquella parte del mundo. Hace tiempo que venimos acariciando esta idea; pero circunstancias especiales nos han impedido realizarla. Bajo el peso de larga enfermedad y en los últimos años de la vida, ¿tendremos tiempo para reseñar los muchos y variados acontecimientos que se han sucedido en el Nuevo Mundo? ¿Tendremos fuerzas intelectuales y físicas para tamaña empresa? Sea de ello lo que fuere, ponemos manos a la obra, creyendo firmemente que hacemos un bien a España, y también—aunque sólo sea por el cariño con que hemos de referir acontecimientos pasados—a las antiguas colonias americanas. No para atraernos las simpatías de los pueblos del Nuevo Mundo, sino porque así lo sentimos de todo corazón, comenzaremos afirmando que nuestra vieja y querida España no quiere, ni puede, ni debe pensar en ejercer hegemonía alguna sobre los pueblos ibero-americanos. Queremos y aspiramos solamente a una comunión fraternal, y no seremos exigentes si les recordamos que la mayor parte de los pueblos americanos pertenecen a nuestra raza, hablan nuestro idioma, piensan como nosotros y llevan nuestros apellidos. Españoles y americanos de raza ibera, olvidando antiguos agravios, sólo pensarán en adelante vivir la vida de la cultura y del progreso.
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